El Discurso del Rey
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Por Flavia Achermann el
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Hace rato que no iba a ver una película en pantalla grande. No es que no me guste, pero había preferido el cómodo sistema de “cine en su casa” y disfrutar esos regalos de Navidad, cumpleaños y de amigo secreto que te dan en fechas especiales. Sin embargo, la semana pasada decidí romper mi rutina y salir a ver qué estaba pasando en los grandes multicines nacionales.
Partí tomando el diario de un día domingo. Lo miré con cuidado y elegí una película que me pareció adecuada para pasar la tarde. Su nombre me llamó la atención y me acordé que tenía un par de actores con buen desempeño: “El Discurso del Rey”.
Salí con una hora de anticipación y obvio que no sirvió de nada, ya que la fila que había para comprar entradas era gigantesca. Pasaron 10, 15, 20, 25 y 30 minutos hasta que pude conseguir mi preciado ticket. Luego tuve que correr para lograr entrar a la sala y no quedar turnia por ver dos horas de película entre las diez primeras filas. Cuando finalmente estuve cómoda en un lugar medianamente aceptable – lejos de adolescentes que se enfrentaban a muerte en una batalla de pop corn – pude ver el largometraje que arrasó en los últimos Oscars.
En un comienzo la última película de Tom Hooper se veía seria y hasta algo densa, ya que está basada en un hecho real bastante dramático. Pensé que en vez de ser el momento de desconexión que tanto buscaba sería una tortura intelectual. No obstante, la excelente actuación de Colin Firth en el papel de Jorge VI y el sutil humor propio de los británicos, empezó a salir de a poco hasta agarrarme por completo.
Obviamente contiene mucha información histórica, algo que puede intimidar a los menos conocedores de la materia, pero les aseguro que no hay nada que temer. Al contrario, hasta pueden tomarla como un repaso interactivo.
“El Discurso del Rey” es un recomendado absoluto para los que quieran aprender, reírse y escaparse del clásico peliculón predecible basado en una relación amorosa de encuentros y desencuentros con final feliz. Del uno al diez, un diez cerrado. La excusa perfecta para dejar el cine personal de televisor pequeño y pantuflas. ¡Y si me equivoco, que me corten la cabeza!
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