Miss Triumph

La nueva voz inglesa: Adele

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Por Flavia Achermann el

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Los británicos tienen fama de artistas. Juegan con la bohemia, conviven con la popularidad y son infieles con sus fans –lo que, por cierto, nos vuelve locos–. No importa el año o la década, ellos simplemente crean estrellas. Tuvieron a los Rolling Stones, los Beatles, los Ramones, Oasis, Amy Winehouse y a otros grandes que dejaron su marca en nuestros oídos.

Puede que algunos sean chicos malos, volátiles y hasta malos ejemplos –según los más tradicionales–. Pero eso no es lo más importante. Sus voces cautivan, entretienen y dan ganas de más. Para el público eso es lo verdaderamente importante.

Cuando escuché por primera vez a esta cantante creí que era un cover de alguna estrella muerta por los excesos. También pensé que era afroamericana y mayor. Su vozarrón rasposo logró ponerme la piel de gallina, como pocas veces me ha pasado con algunos artistas de estilo swing.

Meses después descubrí que no era un ninguna versión moderna y que tampoco era la única en sufrir ese efecto de escalofrío. La culpable era Adele y su disco 19 –lanzado en 2008– el causante de esta catarsis colectiva.

Adele siguió los pasos de Amy Winehouse, aunque con menos adicciones. No es una pintura de curvas despampanantes, pero tiene carácter y mucha personalidad. Fuma demasiado –algo que le ha pasado la cuenta a sus cuerdas vocales–, es inglesa, tiene recién 22 años y su piel es clara, tan clara como un vaso de leche. A ella también le gusta el soul y el jazz de los años 60; la misma vieja escuela de Winehouse, según algunos.

Sus discos son tan potentes como sus letras e ideales. Ambos son sinónimo de éxito, e incluso el segundo, llamado 21, fue el más vendido en Inglaterra durante el 2010. Adele es de verdad, no es ningún invento de la industria. Es una mujer que no vive de la apariencia o la falsa gloria, sino de su sensual voz y honestas letras.

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