Miss Triumph

Las botellitas de Coca – Cola: Se me cayó el carné

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Por Flavia Achermann el

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Cuando somos niños guardamos cada cosa como si fuese algo maravilloso. Las hojas, lápices, sobres o figuritas de acción pasan de simples cachureos a ser los más grandes tesoros sobre la tierra.

Así fue como descubrí las botellitas de Coca – Cola, esas miniaturas coleccionables que recordaban los modelos antiguos de la bebida de fantasía.

Las primeras que tuve fueron herencia de mi hermano mayor. Tenemos un poco más de 10 años de diferencia y desde que tengo conciencia, las recuerdo puestas como adorno en una alta repisa de su pieza, muy lejos de donde mis manos pudieran alcanzarlas. Eran tres y estaban ahí: orgullosas, altaneras y burlonas, mirándome graciosamente desde la altura.

Todos los días las miraba. Algunas veces más y otras menos, pero nunca olvidaba que las tres pequeñas y juguetonas botellas estaban ahí, observando mis movimientos. Así pasaron los años hasta que el tiempo se encargó de que llegaran a mis manos. Tenía siete años –una edad en que hasta lo más elemental mata de curiosidad a cualquier niño– y mi hermano estaba limpiando su pieza. mientras yo lo miraba desde la puerta esperando a que bajara las botellitas.

No recuerdo bien cuanto rato fue lo que estuve parada ahí, pero a mi corta edad fueron momentos eternos. De pronto, cuando ya toda la fe estaba perdida, vi como mi hermano estiraba su mano, las bajaba una por una para quitarles el polvo y las ponía en un escritorio para seguir limpiando.

Aún nos separaban cerca de cuatro metros de distancia, pero la euforia infantil se encargó de que se sintieran más cerca que nunca. La misión ya estaba por completarse. Sorpresivamente, mi hermano decidió mirarme. Reinó el silencio durante unos cinco segundos y luego me dijo que me acercara a él. Tímidamente y con una enorme sonrisa de oreja a oreja, llegué a su lado mientras me daba la espalda. En silencio giró y me miró muy serio, de frente. Tenía las botellas en su mano derecha.

Lentamente se agachó y me dijo que tenía un regalo para mí, pero solo con una condición: que las cuidara mucho porque eran únicas. Un duende amigo se las había entregado.

Yo asentí con la cabeza y le di un enérgico y militarizado sí. Entonces extendió sus dedos y me entregó las botellitas que hasta el día de hoy conservo. Claro que es importante decir que ahora solo son dos porque a los nueve años no me aguanté y quise saber si lo que contenían era o no Coca – Cola. La respuesta es sí, pero muy aguada y desvanecida. Supongo que no se puede pedir más, luego de llevar más de nueve años embotellada.

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