Miss Triumph

Nueva Vega Tirso de Molina: Un infiltrado europeo en la vega chilena

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Por Flavia Achermann el

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Comprar en la feria es uno de los eventos más cotidianos que existe, pero para algunos es una gran aventura porque van a la feria más grande de Santiago: la Vega Central.

No importa si es paseo para algunos o destino obligatorio para otros, porque cualquiera sea el motivo de la visita, la experiencia de comprar aquí no se olvida. No hay comparación con ferias de domingo ni con el supermercado más abastecido. En la Vega hay cientos de puestos, uno tras otro, con aire de desorden y picardía popular: las mujeres en los calendarios son aún más voluptuosas de lo que uno imagina y los hombres feriantes más coquetos. Tienen papas más grandes, tomates más rojos, naranjas más jugosas y precios mucho, pero mucho más bajos que en cualquier barrio.

La primera vez que fui a la Vega lo hice a los 13 años durante mi período de pubertad, esa edad en que las partes del cuerpo crecen a destiempo, repentinamente descubres tu vanidad –que rápidamente se apodera de la mente– y la vergüenza a flor de piel explota con la más insignificante provocación. Acompañé a mi hermano y a unos primos a comprar cosas para un asado veraniego –en realidad me llevaron por mi insistencia, en calidad del infaltable agregado de hermana menor–. Como en su mayoría eran hombres, pensaron que no habría inconvenientes en llevar a la pequeña rubia copuchenta a conocer este folclórico lugar… Error.

Cuando llegamos no fueron necesarios más de 10 minutos de circulación para que los piropos y las bromas comenzaran a llover. Las pololas que me resguardaban iban felices y a punta de sonrisas por la buena recepción de los veguinos, yo en cambio iba roja, empequeñecida por la timidez y sumida en un retraimiento de cabeza gacha casi similar al de un perro arrepentido. Todo esto para intentar tapar el vestido floreado que tenía puesto. Obviamente esta magistral actuación dio pie a más y más comentarios que se repiten hasta el día de hoy –aunque con algunas variaciones– cada vez que voy, aunque con menor intensidad.

No es que ya no me guste ir, pero hace unos meses las cosas cambiaron pues se inauguró la nueva y moderna Vega Tirso de Molina, un edificio de aire europeo, color damasco y cúbico, con cientos de ventanitas pequeñas y un techo extravagante.

Es cierto que el antiguo mercado pedía auxilio y una remodelación a gritos, pero no de esta forma. Pese a ser una buena intención, el nuevo proyecto no supo captar la esencia de la vega, pues además de ser un elemento extraño al entorno de edificaciones clásicas y derruidas por historias personales, parte del atractivo principal –adicional a los precios– era esta verdadera invitación de los caseros a los compradores hacia sus puestos y el inicio de una relación entre ambos.

La nueva Vega Tirso de Molina ya está desplazando al antiguo galpón con aire de desorden, esperemos que no lo haga con la picardía popular ¿Se imaginan las compras sin piropos, sin conversaciones y sin bromas? La Vega no sería lo mismo y nosotros tampoco.

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