Teatro Municipal de Santiago: Ariadna en Naxos
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Por Flavia Achermann el
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Desde chica siempre me llevaron al Teatro Municipal de Santiago. Mi mamá y abuela tenían una cierta debilidad por enseñarme cosas complejas que a un niño común y corriente es difícil que le gusten. Recuerdo haber ido la primera vez, cuando era muy, pero muy pequeña. La obra era el Cascanueces que estaba siendo reestrenada en una víspera de navidad. Desde ese día que ese imponente edificio tiene algo que me fascina.
Esas butacas rojas aterciopeladas y el fresco del techo, además de las colas de gente elegante que durante invierno o verano esperaba en la calle, a la apertura de puertas, era algo tan atípico que robaba mi atención cada vez que lo veía.
Recuerdo tener unos seis o siete años y ver a mi mamá mientras se arreglaba frente al espejo y me decía, con tono demandante, que me vistiera para ir una vez más al ballet.
Como era debido, fui a cambiarme de ropa. Me puse un vestidito de cotelé verde oscuro, calcetines blancos con vuelos y zapatos negros acharolados. Y para abrigarme, elegí mi chaqueta regalona de jeans con chiporro, que con una tía habíamos comprado en un paseo a la ropa usada de San Antonio.
La expresión de mi mamá al verme aún no tiene precio. No solo porque la última prenda desentonaba completamente ni porque no hubo modo de quitármela, sino porque le dije muy segura de mi misma: “Obvio que voy a ser la más elegante de todas, nadie tiene una chaqueta como ésta”. Efectivamente nadie tenía algo así puesto; mi tenida era única.
Cada vez que voy a comprar entradas para alguna función o simplemente paso por calle Agustinas, recuerdo esa anécdota y esbozo una pequeña sonrisa, a pesar de que nadie comprenda el porqué de ésta. El otro día no fue la excepción. Tenía ganas de ir a la ópera a ver la puesta en escena de Ariadna en Naxos de Richard Strauss con la participación protagónica de la soprano Christine Goerke.
Esta es la primera vez que se presenta en Chile la compleja ópera cómica basada en El burgués gentilhombre de Moliere y el mito griego de Ariadna y el dios Baco.
Sin embargo, como ya es costumbre, los abonos de estudiante desaparecieron como polvo mágico y fue imposible encontrar una que mi bolsillo pudiera costear (cada una cuesta sobre cien mil pesos o sobre 50.000 mil con la ayuda de uno que otro descuento de tarjeta de crédito o la suscripción a un diario capitalino). Llegué desilusionada y molesta a mi casa, pero mi mamá me esperaba con una sorpresa. Sobre el mesón de entrada, donde habitualmente dejo las llaves, había un sobre con mi nombre que tenía una entrada para la obra y una nota que decía: “Para que vayamos, pero esta vez, sin chaqueta de mezclilla”.
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